Y es que esto… no tiene precio.

Estando embarazada solía decir: “quiero que me pongan a mi bebé en el pecho nada más nacer, voy a intentar evitar el biberón y nada de chupetes…”. Al segundo día de nacer Alberto no había cumplido ninguno de mis propósitos.

Mi parto fue cesárea, algo que no había previsto, y no tuve a Alberto conmigo hasta pasadas más de tres horas. Cuando vino traía un biberón bajo el brazo. Según me comentó la enfermera había nacido muy grande y podría sufrir una bajada de azúcar si no le administraba biberón pues mi leche tardaría mucho en subir: “10 minutos en cada teta cada tres horas y luego biberón”. Resumo mis cinco días en el hospital con fiebre, mastitis y mi bata con dos cercos de sangre donde estaban los pezones por las grietas, pero yo quería dar el pecho… Rezaba para que no dieran ni las tres, ni las seis, ni las nueve… Recurrí a las pezoneras como mi última esperanza y gracias a ellas pude seguir con la lactancia, pero no supe hasta hace unos días, que igual que habían sido mi salvación también fueron mi tortura: el pezón era demasiado grande y me lo estaba sacando Alberto, pues era invertido.

Ya en casa intentaba que Alberto se bastara con el pecho pero las tomas eran eternas, de casi dos horas, y cuando caía agotado, yo pensando que había terminado le retiraba y se ponía a llorar. Era como si no hubiera comido nada. Todo el mundo dio por hecho, y yo también, que mi leche no le alimentaba por lo que muy a mi pesar le administraba el biberón. Poco a poco conseguí quitarme las pezoneras en mi afán de tener una lactancia lo más natural posible.

Cuando Alberto tenía dos meses ponerle al pecho se había convertido en una pelea continua. Era ponerle y lloraba, pataleaba, me arañaba, se arqueaba… Me resultaba traumático observar como mi hijo me rechazaba ante mi insistencia y ante las miradas penetrantes de toda la familia que asentía: “si es que su leche no le alimenta, no es buena, no le sacia, Alberto es muy grande…” y yo me decía a mi misma: “si mi cuerpo ha sido capaz de gestar a un bebé, y grande, es porque también puede alimentarlo”, pero mi autoestima y mis fuerzas estaban por los suelos. Intentaba adaptarme a mi bebé, a mi nueva casa con su mudanza incluida y sobre todo a intentar superar la pérdida de mi madre, que me dejó a dos meses de nacer Alberto, pero todo era en vano. Estaba realmente hundida.

Hacía ya una semana que Alberto no se enganchaba y le di un biberón con leche que me había sacado en varios días. Ese fue el comienzo de mi relactancia pues Alberto no lloró. Ante la evidencia, nerviosa e ilusionada me puse a buscar información pues mi leche tenía que valer. Me puse en contacto con María, de Maire Lactancia e inmediatamente me dio toda la información que necesitaba, pero sobre todo y lo más importante: confió en mí y en mi poder para lactar. Estaba tan segura de que podía hacerlo y de que mi leche alimentaba que no me permitía dudar.

Guardé los biberones (para evitar la confusión tetina-pezón) e íbamos dándole la leche con una jeringa mientras estaba enganchado a la teta. Estuve pegada literalmente a Alberto durante las veinticuatro horas durante varios días (para conseguir que volviera a coger el pezón), cada vez que abría un ojo: teta. Me sacaba leche continuamente (para estimular la producción y llegar a los niveles necesarios para tener la cantidad suficiente que tomaba), dormía con él, me olvidé de horas y número de tomas e hice oídos sordos ante cualquier comentario. Le pesaba cada viernes para ver que no bajaba de peso mientras le iba bajando las dosis de leche de fórmula y no solo no bajaba, sino que iba poniendo de 200 a 300 gramos semanales…

Sólo me bastó un “confía en mí” para tener el apoyo de mi marido, algo que de no ser así, seguramente hoy no estaría contando ésto.

A día de hoy sigo con lactancia exclusiva y sabiendo que le estoy dando lo mejor de mí a mi hijo. Me siento tremendamente orgullosa y feliz, capaz, poderosa… Asiento convincente cuando escucho todo tipo de comentarios, y a cual más variopinto, relacionados con la teta pues pocos conocen “el poder de una teta” y de nada sirve explicar a quien no quiere entender. Observo a Alberto cuando mama y experimento una sensación de plenitud difícil de explicar. Le digo “tetita” y agita nervioso sus bracitos y piernas mientras ríe a carcajadas… Y es que esto… no tiene precio.

Laura

4 thoughts on “Y es que esto… no tiene precio.

  1. Bueno Laura, ENHORABUENA por haber conseguido lo que te propusiste, sin duda te lo mereces por haber luchado tan duro. Ojalá poco a poco las mamás no tengan que luchar tanto y lo vayan teniendo más fácil, al menos en cuanto al entorno que desconoce y cuestiona la capacidad de las madres para dar el pecho a sus hijos. Sin duda es una sensación impagable, y para las mamás que participamos en los grupos de apoyo a la lactancia, los casos como el tuyo son los que nos inspiran y nos animan a estar ahí, muchísimas gracias por contarnos tu experiencia, es toda una inyección de ánimo y optimismo!!

    • Gracias Irene, ojalá mi relato sirva xa dar fuerzas a muchas mamás, que cuando parece que todo está perdido, si es lo que deseas, con apoyo, información, ánimo y ayuda todo es posible. Mil Gracias de nuevo..

  2. Laura, gracias por tus palabras, por regalarnos tu experiencia tan especial. Sandra tiene razón, porque yo también empatizo muchísmo con tu situación. Enhorabuena, es todo un ejemplo de empoderamiento y de amor maternal, es una “lactancia salvaje”. Como dice Irene, esta magia de mamás y bebés nos anima para continuar…¡Besotes!

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